Estrategia es lo que decides NO hacer

Estrategia es lo que decides NO hacer
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— y nadie quiere esa conversación

Hay una escena que se repite en casi toda empresa. Un comité ejecutivo se reúne, revisa una lista de 30 iniciativas estratégicas, debate durante horas y termina aprobándolas todas. Se felicitan. Sienten que avanzaron. Pero lo que hicieron fue exactamente lo contrario de hacer estrategia.

Michael Porter lo dijo con una claridad incómoda: la esencia de la estrategia es elegir qué no hacer (Porter, 1996). No es una frase decorativa para poner en un slide. Es una advertencia. Porque decidir qué no hacer implica algo que la mayoría de las organizaciones evita como si fuera tóxico: decirle a alguien que su proyecto, su área o su idea no es prioridad.

El mito de la estrategia aditiva

Existe una creencia profundamente arraigada en la gestión corporativa: que más es mejor. Más programas, más iniciativas, más líneas en el portafolio. La lógica parece impecable — si cada proyecto tiene algún valor esperado positivo, ¿por qué no hacerlos todos?

La respuesta es brutal en su simplicidad: porque los recursos son finitos, la atención gerencial es finita y la capacidad de ejecución es finita. Cuando todo es prioritario, nada lo es. Y cuando nada lo es, la organización entra en un modo que se siente productivo pero que en realidad es entrópico — mucha actividad, poca transformación.

Roger Martin lo plantea de otra forma: estrategia es una teoría integrada sobre dónde jugar y cómo ganar (Lafley & Martin, 2013). Integrada. No una colección de apuestas independientes que compiten entre sí por los mismos recursos, las mismas personas y el mismo ancho de banda ejecutivo. En su trabajo más reciente, Martin va más lejos: argumenta que hacer menos cosas es señal de una empresa que confía en su estrategia, mientras que hacer muchas cosas revela la ausencia de confianza real en alguna de ellas (Martin, 2023).

Por qué nadie quiere esa conversación

Decir “no” en una organización tiene costos políticos reales. Cada iniciativa tiene un sponsor, un equipo que ya invirtió energía emocional, un gerente que negoció presupuesto. Matar un proyecto no es un acto analítico neutro — es un acto social con consecuencias.

Rumelt (2022) describe este fenómeno como “teatro de éxito”: sesiones de estrategia donde los equipos directivos presentan listas de aspiraciones disfrazadas de estrategia, evitando sistemáticamente la confrontación con los problemas reales. Lo que él denomina “mala estrategia” no es simplemente una estrategia débil; es un sustituto social que permite a los líderes evadir las decisiones difíciles que una buena estrategia exige.

Entonces se recurre a los mecanismos de evasión clásicos: se redefine “estratégico” hasta que la palabra pierde todo significado. Se crean matrices de priorización tan complejas que todo termina en el cuadrante superior derecho. Se aprueban las iniciativas pero se les asignan recursos insuficientes, garantizando una muerte lenta en lugar de una decisión limpia. Se confunde el roadmap con la estrategia y el presupuesto con la priorización.

El resultado es predecible: portafolios inflados, equipos fragmentados, y una organización que avanza en 30 direcciones a velocidad glacial.

La trampa de la innovación sin foco

Esto se agudiza en el contexto de la innovación corporativa. Las empresas lanzan programas de innovación, aceleradoras internas, labs digitales — y celebran la cantidad de ideas generadas. Pero rara vez se preguntan: ¿cuántas de esas ideas estamos realmente dispuestos a escalar? ¿Y a costa de qué? O’Reilly y Tushman (2021) advierten que la ambidextereza organizacional — la capacidad de explorar lo nuevo sin destruir lo existente — requiere no solo estructuras separadas, sino decisiones explícitas sobre qué innovaciones merecen recursos de escalamiento y cuáles no.

Porque escalar una innovación no es gratis. Requiere reasignar capacidad operativa, adaptar procesos, a veces canibalizar líneas de negocio existentes. Cada proyecto que se escala consume oxígeno organizacional que otro proyecto no tendrá. Y si no se elige explícitamente qué escalar y qué no, la selección la hace la inercia — que siempre favorece al status quo.

Chesbrough (2023) refuerza esta idea desde la perspectiva del modelo de negocio: la captura de valor en innovación no depende solo de la calidad de la idea, sino de la coherencia entre la propuesta de valor, la arquitectura de ingresos y las capacidades de entrega. Sin esa coherencia, la innovación corporativa se convierte en un hobby caro.

Lo que realmente implica priorizar

Priorizar de verdad no es ordenar una lista de mayor a menor. Es trazar una línea y aceptar que lo que queda debajo no se hace. No “se posterga”, no “se reevalúa el próximo trimestre”, no “se mantiene en stand-by”. No se hace. Punto.

Esto requiere tres condiciones que escasean en las organizaciones:

Primero, claridad sobre la fuente de ventaja competitiva. Si no sabes qué te hace ganar, no puedes saber qué es prescindible. Leinwand y Mainardi (2016) denominan a esto “coherencia estratégica”: la alineación entre la propuesta de valor, las capacidades diferenciales y el portafolio de productos y servicios. Las empresas coherentes no intentan ser buenas en todo; concentran su inversión donde realmente importa.

Segundo, liderazgo dispuesto a absorber el costo político. Alguien tiene que sentarse frente al gerente cuyo proyecto queda fuera y sostener esa conversación sin refugiarse en tecnicismos. Martin (2022) argumenta que la priorización es un acto de liderazgo, no de planificación — y que la confusión entre ambos es una de las causas más frecuentes de la pérdida de foco estratégico en las corporaciones.

Tercero, un sistema de gobernanza que haga la decisión irreversible a corto plazo. Si cada trimestre se reabre el debate completo, no hay foco posible. Sull, Homkes y Sull (2015), en su investigación para Harvard Business Review, demostraron que el principal obstáculo para la ejecución estratégica no es la falta de alineamiento vertical, sino la incapacidad de mantener compromisos horizontales entre unidades — precisamente porque las prioridades se renegocian permanentemente.

La prueba de fuego

Hay una forma rápida de saber si una organización tiene estrategia o tiene una lista de deseos: preguntarle qué decidió no hacer este año. Si la respuesta es vaga, evasiva o inexistente, no hay estrategia. Hay un presupuesto con narrativa.

Rumelt (2022) propone un ejercicio aún más preciso: identificar el “crux” — el nudo crítico del desafío estratégico, aquel punto donde la acción concentrada generará el mayor impacto. Una organización que no puede nombrar su crux, argumenta, simplemente no tiene estrategia. Tiene una lista de actividades.

La estrategia vive en los “no”. En el proyecto que se canceló para liberar capacidad. En el mercado al que se decidió no entrar. En la tecnología que se eligió no desarrollar internamente. Esas renuncias explícitas son las que revelan una apuesta coherente sobre el futuro.

Un cambio de conversación

La próxima vez que un comité ejecutivo se reúna a revisar su portafolio estratégico, la pregunta no debería ser “¿qué agregamos?” sino “¿qué sacamos?”. Y la calidad de esa conversación — su honestidad, su incomodidad, su capacidad de producir renuncias reales — es probablemente el mejor indicador de madurez estratégica que existe.

Porque al final, la estrategia no se mide por lo que una organización declara que va a hacer. Se mide por lo que tiene la disciplina de dejar de hacer.

 

Referencias bibliográficas

Chesbrough, H. (2023). Open Innovation Results: Going Beyond the Hype and Getting Down to Business. Oxford University Press. (Edición actualizada).

Lafley, A. G. & Martin, R. L. (2013). Playing to Win: How Strategy Really Works. Harvard Business Review Press.

Leinwand, P. & Mainardi, C. R. (2016). Strategy That Works: How Winning Companies Close the Strategy-to-Execution Gap. Harvard Business Review Press.

Martin, R. L. (2022). A New Way to Think: Your Guide to Superior Management Effectiveness. Harvard Business Review Press.

Martin, R. L. (2023). Doing fewer things as a sign of strategic confidence. Playing to Win/Practitioner Insights, Year III Series. Medium.

O’Reilly, C. A. & Tushman, M. L. (2021). Lead and Disrupt: How to Solve the Innovator’s Dilemma. Stanford Business Books. (2ª edición revisada).

Porter, M. E. (1996). What is strategy? Harvard Business Review, 74(6), 61–78.

Rumelt, R. P. (2011). Good Strategy Bad Strategy: The Difference and Why It Matters. Crown Business.

Rumelt, R. P. (2022). The Crux: How Leaders Become Strategists. PublicAffairs. Financial Times Business Book of the Year.

Sull, D., Homkes, R. & Sull, C. (2015). Why strategy execution unravels — and what to do about it. Harvard Business Review, 93(3), 58–66.